Las guerras del futuro seran por internet.

Las guerras del futuro seran por internet.

El mundo asistió al periodo más bélico del que se tenga memoria en el último siglo. La era de los conflictos globales –categoría hasta entonces inédita para la humanidad– se inauguró con dos guerras de gran alcance donde intervinieron las principales potencias económicas y al menos una decena de otras con alcance regional.

Para las personas que nacieron a principios de 1900, el mundo pareció un escenario desolador, lleno de violencia, destrucción y un profundo sinsentido a través de dos grandes guerras mundiales que marcaron sus vidas. Aquellos que vivieron su edad adulta durante la segunda mitad del siglo, vivieron bajo un conflicto ideológico de baja intensidad que les llevó a imaginar un futuro apocalíptico producto de las prácticas de las naciones protagonistas de la Guerra Fría. Algo similar podría gestarse en el presente, la época histórica en que no parece ocurrir nada en comparación con el turbulento siglo XX.

Tal y como las conocemos, las guerras funcionan como un revitalizador de la economía mundial. A través de la producción y venta de armamento y otras mercancías bélicas, se reactiva una poderosa industria que cada determinado tiempo, requiere la intervención de un país poderoso en alguna región rica en recursos naturales del mundo, so pretexto de la seguridad mundial, el terrorismo o la democracia. Es sólo el inicio de una reactivación: así como ocurrió en Europa con el Plan Marshall o en Irak con las constructoras norteamericanas, todo el enorme engranaje del sistema productivo vuelve a funcionar a costa de invasiones que cuestan millones de vidas.

El colonialismo moderno se repartió los últimos territorios en disputa durante la Segunda Guerra Mundial. Desde las bases científicas que se utilizan con fines militares violando el Tratado Antártico, hasta las reservas alimentarias y estaciones de los países más boreales del mundo, la conquista de nuevos espacios físicos llegó a su fin junto con las hostilidades a mediados del siglo XX.

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Como ningún otro evento en el mundo, Internet inauguró un nuevo espacio no físico. En la red se alojan la mayoría de saberes del mundo, desde la historia de las primeras civilizaciones, hasta los datos de las miles de millones de personas que alguna vez se han dado de alta en algún registro civil, creado un correo electrónico, abierto una cuenta en Facebook, creado un perfil en un banco o finalizado algún tipo de estudios. La presencia de la red en la cotidianidad es indudable y el potencial de todas sus capacidades aún ignorado.

De forma opuesta al corporativismo –que aisló cada parte del proceso de producción, donde la mano de obra, tecnología, ensamblaje y oficinas se separaron del resto–, Internet unifica los datos en servidores bajo custodia de empresas privadas, organismos de gobierno, instituciones internacionales o de cualquier usuario con conocimientos avanzados.

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En la red no existe una regulación monopólica ni autoridad competente en todo su espectro, a pesar de los intentos de agencias de inteligencia por controlar su contenido. En una sociedad cada vez más dependiente de Internet, la centralización de información y datos, además de la sujeción del funcionamiento de entidades gubernamentales, empresas privadas y organismos independientes a Internet, hacen del mundo virtual el medio ideal para las siguientes hostilidades internacionales.

Si la lucha de trincheras caracterizó a la Gran Guerra y el espionaje a la Guerra Fría, los ataques cibernéticos pueden ser el siguiente modus operandi de un conflicto a gran escala. No hará falta diversificar una ofensiva ni dominar –en primera instancia– los terrenos conocidos de la guerra. La ocupación de cielo, mar y tierra puede esperar ante un primer golpe que puede ser definitivo.

La sutil y desastrosa guerra informática

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Un ataque informático con objetivos plenamente identificados puede ser suficiente para poner una potencia en jaque: las transacciones económicas y las bolsas de valores, la inteligencia y los archivos de seguridad nacional, los controladores de vuelo y satélites; todo esto depende de la disponibilidad de la red y la tendencia va en aumento con el desarrollo del Internet de las cosas.

En un escenario más oscuro –y no por ello menos realista–, la escalada de un conflicto de baja intensidad podría corroer los pilares intangibles de la sociedad occidental de forma sutil, sin un solo tiro de por medio.

En la actualidad, no sólo los sistemas y las máquinas dependen de la red: la información, la democracia y el comportamiento a partir de costumbres, aplicaciones, patrones de consumo y pasatiempos pueden trabajar de forma coordinada hacia un objetivo específico, sin importar si se trata de la seguridad nacional, la realización del mercado, la imposición de una ideología o la supremacía de un discurso totalitario.

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Ante tales coincidencias con la realidad en una época en que el asombro ante lo inaudito ya no es suficiente, cabe la pregunta: ¿será que un escenario con esas características que suena tan familiar está en marcha? ¿Estamos asistiendo como sociedad global al inicio de un conflicto de baja intensidad en Internet? ¿Será el inicio de una reactivación no sólo a nivel económico, sino político e ideológico de un régimen cualquiera?

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